Iglesia Misionera, Testigo de Misericordia – Papa Francisco

Publicado em 12 de setembro de 2016

Exemple

Iglesia Misionera, Testigo de Misericordia – Papa Francisco

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TEXTO ORIGINAL:

 

Queridos hermanos y hermanas:

 

1. El Jubileo Extraordinario de la Misericordia, que la Iglesia está celebrando, ilumina también de modo especial la Jornada Mundial de las Misiones 2016: nos invita a verla misión ad gentes como una grande e inmensa obra de misericordia tanto espiritual como material. En efecto, en esta Jornada Mundial de las Misiones, todos estamos invitados a “salir”, como discípulos misioneros, ofreciendo cada uno sus propios talentos, su creatividad, su sabiduría y experiencia en llevar el mensaje de la ternura y de la compasión de Dios a toda la familia humana. En virtud del mandato misionero, la Iglesia se interesa por los que no conocen el Evangelio, porque quiere que todos se salven y experimenten el amor del Señor. Ella “tiene la misión de anunciar la misericordia de Dios, corazón palpitante del Evangelio” (bula Misericordiae vultus, 12), y de proclamarla por todo el mundo, hasta que llegue a toda mujer, hombre, anciano, joven y niño.

 

2. La misericordia hace que el corazón del Padre sienta una profunda alegría cada vez que encuentra a una criatura humana; desde el principio, Él se dirige también con amor a las más frágiles, porque su grandeza y su poder se ponen de manifiesto precisamente en su capacidad de identificarse con los pequeños, los descartados, los oprimidos (cf. Dt 4,31; Sal 86,15; 103,8; 111,4). Él es el Dios bondadoso, atento, fiel; se acerca a quien pasa necesidad para estar cerca de todos, especialmente de los pobres; se implica con ternura en la realidad humana del mismo modo que lo haría un padre y una madre con sus hijos (cf. Jer 31,20). El término usado por la Biblia para referirse a la misericordia remite al seno materno: es decir, al amor de una madre a sus hijos, esos hijos que siempre amará, en cualquier circunstancia y pase lo que pase, porque son el fruto de su vientre. Este es también un aspecto esencial del amor que Dios tiene a todos sus hijos, especialmente a los miembros del pueblo que ha engendrado y que quiere criar y educar: en sus entrañas, se conmueve y se estremece de compasión ante su fragilidad e infidelidad (cf. Os 11,8). Y, sin embargo, Él es misericordioso con todos, ama a todos los pueblos y es cariñoso con todas las criaturas (cf. Sal 144,8-9).

 

3. La manifestación más alta y consumada de la misericordia se encuentra en el Verbo encarnado. Él revela el rostro del Padre rico en misericordia, “no solo habla de ella y la explica usando semejanzas y parábolas, sino que además, y ante todo, él mismo la encarna y personifica” (Juan Pablo II, encíclica Dives in misericordia, 2). Con la acción del Espíritu Santo, aceptando y siguiendo a Jesús por medio del Evangelio y de los sacramentos, podemos llegar a ser misericordiosos como nuestro Padre celestial, aprendiendo a amar como él nos ama y haciendo que nuestra vida sea una ofrenda gratuita, un signo de su bondad (cf. bula Misericordiae vultus,3). La Iglesia es, en medio de la humanidad, la primera comunidad que vive de la misericordia de Cristo: siempre se siente mirada y elegida por Él con amor misericordioso, y se inspira en este amor para el estilo de su mandato, vive de él y lo da a conocer a la gente en un diálogo respetuoso con todas las culturas y convicciones religiosas.

 

4. Muchos hombres y mujeres de toda edad y condición son testigos de este amor de misericordia, como al comienzo de la experiencia eclesial. La considerable y creciente presencia de la mujer en el mundo misionero, junto a la masculina, es un signo elocuente del amor materno de Dios. Las mujeres, laicas o religiosas, y en la actualidad también muchas familias, viven su vocación misionera de diversas maneras: desde el anuncio directo del Evangelio al servicio de caridad. Junto a la labor evangelizadora y sacramental de los misioneros, las mujeres y las familias comprenden mejor a menudo los problemas de la gente y saben afrontarlos de una manera adecuada y a veces inédita: en el cuidado de la vida, poniendo más interés en las personas que en las estructuras y empleando todos los recursos humanos y espirituales para favorecer la armonía, las relaciones, la paz, la solidaridad, el diálogo, la colaboración y la fraternidad, ya sea en el ámbito de las relaciones personales o en el más grande de la vida social y cultural; y de modo especial en la atención a los pobres.

 

5. En muchos lugares, la evangelización comienza con la actividad educativa, a la que el trabajo misionero le dedica esfuerzo y tiempo, como el viñador misericordioso del Evangelio (cf. Lc 13,7-9; Jn 15,1), con la paciencia de esperar el fruto después de años de lenta formación; se forman así personas capaces de evangelizar y de llevar el Evangelio a los lugares más insospechados. La Iglesia puede ser definida “madre”, también por los que llegarán un día a la fe en Cristo. Espero, pues, que el pueblo santo de Dios realice el servicio materno de la misericordia, que tanto ayuda a que los pueblos que todavía no conocen al Señor lo encuentren y lo amen. En efecto, la fe es un don de Dios y no fruto del proselitismo; crece gracias a la fe y a la caridad de los evangelizadores que son testigos de Cristo. A los discípulos de Jesús, cuando van por los caminos del mundo, se les pide ese amor que no mide, sino que tiende más bien a tratar a todos con la misma medida del Señor; anunciamos el don más hermoso y más grande que Él nos ha dado: su vida y su amor.

 

6. Todos los pueblos y culturas tienen el derecho a recibir el mensaje de salvación, que es don de Dios para todos. Esto es más necesario todavía si tenemos en cuenta la cantidad de injusticias, guerras, crisis humanitarias que esperan una solución. Los misioneros saben por experiencia que el Evangelio del perdón y de la misericordia puede traer alegría y reconciliación, justicia y paz. El mandato del Evangelio: “Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado” (Mt 28,19-20) no está agotado, es más, nos compromete a todos, en los escenarios y desafíos actuales, a sentirnos llamados a una nueva “salida” misionera, como he señalado también en la exhortación apostólica Evangelii gaudium: “Cada cristiano y cada comunidad discernirá cuál es el camino que el Señor le pide, pero todos somos invitados a aceptar este llamado: salir de la propia comodidad y atreverse a llegar a todas las periferias que necesitan la luz del Evangelio” (n. 20).

 

7. En este Año Jubilar se cumple precisamente el 90 aniversario de la Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra Pontificia de la Propagación de la Fe y aprobada por el papa Pío XI en 1926. Por lo tanto, considero oportuno volver a recordar la sabias indicaciones de mis predecesores, los cuales establecieron que fuerandestinadas a esta Obra todas las ofertas que las diócesis, parroquias, comunidades religiosas, asociaciones y movimientos eclesiales de todo el mundo pudieran recibir para auxiliar a las comunidades cristianas necesitadas y para fortalecer el anuncio del Evangelio hasta los confines de la tierra. No dejemos de realizar también hoy este gesto de comunión eclesial misionera. No permitamos que nuestras preocupaciones particulares encojan nuestro corazón, sino que lo ensanchemos para que abarque a toda la humanidad.

 

8. Que Santa María, icono sublime de la humanidad redimida, modelo misionero para la Iglesia, enseñe a todos, hombres, mujeres y familias, a generar y custodiar la presencia viva y misteriosa del Señor Resucitado, que renueva y colma de gozosa misericordia las relaciones entre las personas, las culturas y los pueblos.

 

Francisco
Vaticano, 15 de mayo de 2016,
Solemnidad de Pentecostés

 

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TEXTO TRADUZIDO:

 

Igreja Missionária, Testemunho de Misericórdia – Papa Francisco

Mensagem do Santo Padre Francisco para a Jornada Mundial das Missões 2016

 

Queridos irmãos e irmãs,

 

  1. O Jubileu Extraordinário da Misericórdia, que a Igreja está celebrando, ilumina também de modo especial a Jornada das Missões 2016: nos convida a olhar para a missão ad gentes como uma grande e imensa obra de misericórdia, tanto espiritual quanto material. De fato, nesta Jornada Mundial das Missões, somos todos convidados a “sair”, como discípulos missionários, oferecendo cada um de seus próprios talentos, sua criatividade, sua sabedoria e experiência em levar a mensagem de ternura e compaixão de Deus a toda família humana. Em virtude do mandato missionário, a Igreja se interessa pelos que não conhecem o Evangelho, pois deseja que todos se salvem e experimentem o amor do Senhor. Ela “tem a missão de anunciar a misericórdia de Deus, coração palpitante do Evangelho” (Bula Misericordiae vultus, 12), e de proclamá-la por todo o mundo, até que chegue a toda mulher, homem, velho, jovem e criança.

 

  1. A misericórdia faz com que o coração do Pai sinta uma profunda alegria cada vez que encontra uma criatura humana; desde o princípio, Ele se dirige com amor também aos mais frágeis, uma vez que sua grandeza e seu poder realçam sua capacidade de identificar-se com os pequenos, os excluídos, os oprimidos (cf. Dt 4,32; Sal 86, 15; 103,8; 111,4). Ele é o Deus bondoso, atento, fiel; aproxima-se de quem passa necessidade para estar próximo de todos, especialmente dos pobres; envolve-se com ternura na realidade humana do mesmo modo que o faria um pai e uma mãe com seus filhos (cf. Jer 31,20). O termo utilizado pela Bíblia para referir-se à misericórdia remete ao seio materno: ou seja, ao amor de uma mãe por seus filhos, os filhos que ela sempre amará, em qualquer circunstância, haja o que houver, pois são o fruto de seu ventre. É também um aspecto marcante do amor que Deus tem por cada um de seus filhos, especialmente pelos que fazem parte do povo que Ele gerou, os quais Ele deseja criar e educar: em suas entranhas, Ele se comove e se estremece de compaixão perante a fragilidade e infidelidade de seus filhos (cf. Os 11,8). Contudo, Ele é misericordioso com todos, ama todos os povos e é carinhoso com todas as criaturas (cf. Sal 144, 8-9).

 

  1. A mais alta e consumada manifestação da misericórdia se encontra no Verbo encarnado. Ele revela o rosto do Pai rico em misericórdia, “não apenas fala dela e a explica usando metáforas e parábolas, mas também, e antes de tudo, Ele a encarna e personifica” (João Paulo II, encíclica Dives in misericordia, 2). Com a ação do Espírito Santo, aceitando e seguindo a Jesus por meio do Evangelho e dos sacramentos, podemos chegar a ser misericordiosos como nosso Pai celestial, aprendendo a amar como Ele nos ama e fazendo com que nossa vida seja uma oferenda gratuita, um sinal de sua bondade (cf. bula Misericordiae vultus, 3). A Igreja é, em meio a humanidade, a primeira comunidade que vive da misericórdia de Cristo: sente-se sempre vigiada e eleita por Ele com amor misericordioso, e inspira-se neste amor para definir o estilo de suas ações, vive deste amor e o leva ao conhecimento das pessoas num diálogo respeitoso com todas as culturas e convicções religiosas.

 

  1. Muitos homens e mulheres de todas as idades e condições são testemunhas deste amor misericordioso, como aconteceu no começo da experiência eclesial. A crescente e considerável presença da mulher no mundo missionário, junto à presença masculina, é um sinal eloquente do amor materno de Deus. As mulheres, laicas ou religiosas, e atualmente também muitas famílias, vivem sua vocação missionária de diversas maneiras: seja por meio do anúncio direto do Evangelho seja a serviço da caridade. Em conjunto com o trabalho evangelizador e sacramental dos missionários, as mulheres e as famílias compreendem melhor os pormenores dos problemas das pessoas e sabem enfrenta-los de maneira adequada e por vezes inovadora: no cuidado da vida, dedicando mais interesse às pessoas que às estruturas e empregando todos os recursos humanos e espirituais para favorecer a harmonia, as relações, a paz, a solidariedade, o diálogo, a colaboração e a fraternidade, seja no âmbito das relações pessoais ou, com maior amplitude, da vida social e cultural; e, de modo especial, na atenção aos pobres.

 

  1. Em muitos lugares, a evangelização parte da atividade educadora, à qual o trabalho missionário dedica esforço e tempo, como o vinhateiro misericordioso do Evangelho (cf. Lc 13,7-9; Jn 15,1), com a paciência de esperar o fruto depois de anos de lenta formação; formam-se assim pessoas capazes de evangelizar e levar o Evangelho aos lugares mais improváveis. A Igreja pode ser definida como “mãe” também por aqueles que alcançarão um dia à fé em Cristo. Espero, pois, que o povo santo de Deus realize o serviço materno da misericórdia, que tanto contribui para que os povos que ainda não conhecem o Senhor o encontrem e o amem. Na verdade, a fé é um dom de Deus e não fruto do proselitismo; mas cresce graças à fé e à caridade dos evangelizadores que são testemunhas de Cristo. Aos discípulos de Jesus, ao seguir pelos caminhos do mundo, se pede esse amor que não julga, mas sim tende a tratar melhor a todos com a mesma medida com a qual trata o Senhor; anunciamos o dom mais lindo e maior que Ele nos deu: sua vida e seu amor.

 

  1. Cada povo e cultura tem direito de receber a mensagem de salvação, dom de Deus para todos, que é mais necessária ao considerarmos quantas injustiças, guerras, crises humanitárias aguardam, hoje, por uma solução. Os missionários sabem, por experiência, que o Evangelho do perdão e da misericórdia pode levar alegria e reconciliação, justiça e paz. O mandato do Evangelho: «Ide, pois, fazei discípulos de todos os povos, batizando-os em nome do Pai, do Filho e do Espírito Santo, ensinando-os a cumprir tudo quanto vos tenho mandado» (Mt 28, 19-20) não terminou, pelo contrário, compromete-nos a todos, nos cenários presentes e desafios atuais, a sentir-nos chamados para uma nova “saída” missionária, como indiquei na Exortação Apostólica Evangelii gaudium: “Cada cristão e cada comunidade há de discernir qual é o caminho que o Senhor lhe pede, mas todos somos convidados a aceitar este chamado: sair da própria comodidade e ter a coragem de alcançar todas as periferias que precisam da luz do Evangelho” (n. 20).

 

  1. Neste Ano Jubilar, o Dia Mundial das Missões celebra o seu nonagésimo aniversário, promovido pela Pontifícia Obra da Propagação da Fé e aprovado pelo Papa Pio XI, em 1926. Por isso, considero oportuno recordar as sábias indicações dos meus Predecessores, estabelecendo que fossem destinadas a esta Obra todas as ofertas que as dioceses, paróquias, comunidades religiosas, associações e movimentos, de todo o mundo, pudessem recolher para ajudar as comunidades cristãs necessitadas e revigorar o anúncio do Evangelho até aos últimos confins da terra. Também nos nossos dias, não deixemos de realizar a este gesto de comunhão eclesial missionário. Não restrinjamos o coração às nossas preocupações particulares, mas alarguemo-lo aos horizontes da humanidade inteira.

 

  1. Que a Santa Maria, ícone sublime da humanidade redimida, modelo missionário para a Igreja, ensine a todos, homens, mulheres e famílias, a gerar e guardar a presença viva e misteriosa do Senhor Ressuscitado, que renova e enche de jubilosa misericórdia as relações entre as pessoas, as culturas e os povos.

 

Francisco
Vaticano, 15 de maio de 2016, Solenidade de Pentecostes

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